noviembre 17, 2010

Unialterpea 2 de 6

Unialterpea 2 de 6

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Efraín ha descubierto el esplendor de los sonidos que se oyen a través de las canciones “Prelude-Song of the Gulls and Islands” en un etéreo caleidoscopio con diversos laberintos interconectados. Son tres sombras las que hace su trayectoria por esos recintos. Cada camino es efímero y abstractivo. En una de las bifurcaciones mira algunas pautas sinfónicas de Rachmaninoff. En ese sendero alternativo aparecen reflejos fósiles de un anillo oblicuo, entre impresionables y realzadas grecas donde se plasma una a una la cadena de la existencia. Sobre el punto céntrico de un elástico laberinto de lóbulos burbujeantes oscila un todo. De algunas de esas pompas los hollejos estallan destellos de lo que ha ocurrido en anteriores encarnaciones mostrándole infinidad de callejones por donde “recordarse” le ha hecho ser un Ser más pleno.
Efraín recorre confiado un laberinto triforme azulino que cambia de camino cada vez que pasa de una idea a otra (comúnmente, una cada ocho instantes). La transformación es inmediata y de repente sigue la silente huella recóndita de la sabiduría, pues el éxtasis trascendente está a su alcance. Los movimientos de enigmáticas rapsodias le atraen al terno laberinto de un eidético incorpóreo. –“El Yo es ilusorio”-si bien lo ha comprendido a la separación carnal de su anímica presencia. Cada vez ha sido procreado para nacer su alma y aún no lo ha logrado. La Creación Original de la Vida lo parió esencialmente para su iluminación, donde, desde esa forma, sería el creador constante de un espíritu inmarcesible.
Un atajo ilusorio de apegos contritos culebrea sus dimensiones. Lo elude. Es la ruta engañosa de lo que resta en la mente. Póstumas sensaciones que en la dimensión terrenal hubo vivido.
En cuanto el atajo se va desvaneciendo ve el estímulo de una sucesión de placeres diversos, una disolución orgásmica invade el meandro haciéndole estremecer íntimamente dentro de ese vínculo.
Poros de raras texturas trémulas se contraen y expanden entre pretiles insinuantes que le hacen introducirle en uno de los intersticios delicados. Desde allí el escenario es increíble. En cuanto desaparece en su totalidad la estrada percibe en ese fondo un nuevo deleite, ensimismado de música persuadida por la unicidad. Imaginado en un retículo de sonidos hasta ese momento nunca antes musicalizados puede escuchar los movimientos que han existido desde el anonimato que se han conservado en un mensaje para el futuro cuyo lenguaje se actualiza a medida como las hojas de los árboles brotan ilusionadas para cuidar las cosechas nacientes.
En la cadencia, un cúmulo de notas hermanadas, figuras imprescindibles, efigies musicales se manifiestan expandiéndose en los túneles para dar armonía a las imágenes que Efraín ve entusiasmado, consciente, siendo en ellas parte inherente.
Los laberintos ebúrneos palpitan tatuajes de corazones que ondean entre rampas oblicuas sus trípticos emocionales. La percepción es transparente y explícita. La inmensa y profunda perspectiva serpenteante absorbe con oboes y violines conmovedores las inconclusas ideas del último momento. En su explanada de rosetones inexactos coexisten infinidad de ideales múltiples que no se olvidan del gran esfuerzo puesto por los invencibles espíritus comprometidos. Cada uno de ellos perdura en su valentía salvo algunos conceptos individualistas que hacen por bruñirse en beneficio de la unidad.
Al llegar a un laberinto epigramático las inscripciones en plumajes tenues le narran cadenciosamente mantras de regocijo. El mensaje evoluciona inequívocamente por la encuadernación variable de instintiva búsqueda. El flujo de ideas serenas irriga en una fuente ilustrada con los episodios de un embeleso consciente donde salpican imágenes. Sueños manifiestos de seres iluminados bailan divertidos al chasquido de lenguas enfáticas. En todo aquello un maravilloso y afable manantial en forma de libro abierto. Escritura evolucionada de la hondura. Evidencia catártica del manifiesto infinito.
Un laberinto, que palpita alojado en las confluencias espontáneas, lo guía con intuición por el pasaje donde el amor es único (su rastro se muestra con delgadas huellas). Lo afirma ahí como un observador. Efraín observa el orto siendo uno con el cosmos al compás de un clarinete que alcanza la repetición de la séptima octava y que hace virtud de apreciar su alma. Ve en él esa consciencia universal. Es y se manifiesta desde el mismo siendo en lo absoluto y lo auténtico. Un enjambre de murmullos se encarama de la congénita música de Unialterpea en tanto la continuidad procede en su expansión. De ese modo ahí se encuentra ahora lúcido. Dentro de estos laberintos ha visto el principio.

Leopoldo Sánchez Arenas
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Dos Palabras