julio 11, 2010

Desde la Puerta


Desde la Puerta

I

Al atisbo de la mortecina lágrima Leopoldo admitió su demencia y el óleo de su tristeza, y se sentó en la sala de espera. Allí podía observar los cubículos y su verdad, y vio lo escalofriante de las lágrimas, sin ocultarse. Qué instante, al desliz de una canción intuyó el otoño; y en ese momento en que notó cómo serían las horas consiguientes, escuchó en una voz lejana un delirio:
¡Oh, Tú, a quien tanto he amado! No es el fin quejarse de lo que vivas, ¿que no haría por tu libertad? Ante mis lágrimas, noche y día, has permanecido horas en mi compañía: es posible que ya estés fastidiado, es tan pesada la cruz bajo un andar incierto, si no hubiera sido así, haría de todo por complacerte.
Pero nos encontramos en este momento, y experimentamos lo que vivimos.
Por tanto, Laura ya fue: me he cansado de mi extravagancia, como lo has de estar tú consultando médicos por doquier. Yo quiero los cantos que se manifiestan sin mentir.
Yo podría viajar y vivir sin sedantes, hasta que lo que cante ante la gente sea un bálsamo de amor a sus tristezas, y hacia las mujeres la equidad que beneficie a la conciencia.
Por todo ello deseo emprender mi camino, sin pensar que te aparto para siempre de mi vida, ¡Oh mi amado, tan comedido a mi conciencia! Cuánto te asusta el mar ardiente de mi levedad y el baúl de mis absurdos espejismos. ¡Compréndeme, pues, amigable esposo, ya que podré encontrar en mi vida una razón de alegría, por renuente que esta sea!
Comprende a la vez las cosas que vienen de mi mente. ¡Quizá ocurra en ella un mar en reposo, e induzca a mí ser por donde asoma el logro del cielo imaginando al día!
Nunca digas: Cómo pudo olvidarme, si en la penumbra viene a conmover mi sangre.


Y desde ahí comprendió el comienzo de la locura.

Leopoldo Sánchez Arenas
Derechos de Autor
Dos Palabras
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