junio 04, 2010

El Tío Venado

El Tío Venado

Allá en lo más dentro y alto de la sierra norte de Oaxaca, a dos días a pie de la montaña que llaman “Piedra Hueca” en el municipio de Teococuilco de Marcos Pérez, que pertenece al distrito de Ixtlán de Juárez, el tío Alfonso iba tras la huella del venado.
Como cada vez que le era de ir de cacería, a eso de las cinco de la mañana bajaba al río a lavarse cara y manos para quitar las malas energías, decía que ahí le encomendaba su vida a la virgen de la Soledad y también a los sabios ancestros del pueblo.

Ese día llevaba un morral colgado al cuello del lado izquierdo para colectar unas cuantas hierbas milagrosas; entre ellas iba en busca de Eucalipto para los asuntos de tos y gripe, Poleo (también llamada hierba de borracho) para con menta tila y anís estrella curar la diarrea, la Ruda por eso de la sarna, las molestias digestivas y el menstruo, y la hoja de Chamizo que untada con mezcal en el estómago y los pies sabía era un buen remedio para bajar la calentura o quitar el dolor de cabeza. Dentro de sus actividades, una era de preparar remedios para ayudar a su gente contra las enfermedades que se dan comúnmente por la falta de higiene o los cambios del tiempo. Como siempre o casi siempre, de su hombro derecho sostenía un rifle de la época de la revolución que heredó de Don Pantaleón, que fue el padre de su primo Elías. Los hijos de su primo le decían “Tío Venado” en señal de respeto, pues sobre todo y aparte de ser un hombre demasiado humilde, cazaba sólo para beneficio del pueblo y en toda ocasión tenía mucho cuidado de no sacrificar hembras.

Cuando El tío Venado estaba por bajar a “río Grande”; miró a un pequeño hombre anciano y un joven que apenas y medían un metro de estatura. Sembraban con sus manos en la tierra unas cuantas semillas y alcanzaba a escuchar desde donde él estaba, que el hombre viejo decía al muchacho que eran las semillas del mañana, que esas pepitas eran el amor y la libertad, la inocencia y el optimismo; le decía que esa cosecha sería regocijo para cuantos por ahí anduvieran.
En el tiempo que estuvo oculto detrás de un encino, observó cómo las lágrimas de estos dos personajes irrigaban la tierra mientras cantaban en plegaria algo que más o menos decía “El todo es aquí y ahora, el todo es un hermoso juego, es el amor la respuesta a todo”.
Cuando menos lo esperaba el tío Venado, el anciano se acercó al encino y recargado en él le hablo casi murmurando: después de ti nacerán millones de estrellas, deja en esta tierra para las próximas generaciones tu huella. Ven, acercate y toma estas semillas, ayúdanos a sembrarlas, pero a nadie digas de este lugar ni de nosotros.

Después de tres días continuos durmiendo en el bosque, el tío Venado regresó a casa con su bolso completo de hierbas, sin el venado pero con un puño de semillas que ese venerable anciano puso en su mano.

Leopoldo Sánchez Arenas
Derechos de Autor
Dos Palabras
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