junio 24, 2010

El Huésped



El Huésped

Un Maestro, el árbol sereno se llenó al rocío de versos de ciruelos. Fluían ligeras las mariposas a su alrededor. Una alfombra de sombras se extendió por el césped verde. Aunque no había alguien con quien compartir ese momento, no se sentía que hiciera falta algo.
Los pájaros eran a su vista la alegría; no se quitaba de la idea de gozar y de sentir; no había prisa ni había nada por hacer, tan sólo era observar. Sorbía el jugo de unas frutas por placer, con calma.
Oyó en su corazón un canto, y los perros se arrimaron para conocerlo; el cielo nublo brisó e impregnó en el ambiente un baile de nostalgias; las mandarinas se mecían a órbita del tallo. Y la soledad plácida, vestida de flores, reía agradecida hacia su rumbo.
Su ensueño le interpetró con recuerdos y, las melodías rescatadas, atraídas de la paz y coreadas entre chifles, se elevaron al cielo y lagrimaron de las diáfanas páginas un blues. Cantaron cactos y alcatraces, celebraron las rosas la vida, humildes.
Percibía suyo el amor, canción melódica desde universos sutiles. Su esencia y su sangre le animaron a crearse; a decir a todo sí; a asentir lo vivido a la orilla de su austera situación, a distancia de una libertad ficticia.
La voz del árbol sereno, que del viento influía, se acercó paciente hasta su espíritu. Le descubrió el fin de su aquí y ahora, meditativo, su razón en un ramaje de presencias y sueños.
En cuanto abrazó a su Maestro, sus brazos se vieron cual si fueran ramas, sostenían ciruelos en sus dedos. ¿Cuándo fue que había soñado que era un hermoso y frondoso árbol, que era los pájaros y mariposas al despertarse?

Leopoldo Sánchez Arenas
Derechos de Autor
Dos Palabras
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